Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡El agua se agita con la misma dulzura que un niño en la cuna! —continuó Hanna, señalando el estanque, al que un oscuro bosque de arces ponÃa sombrÃo cerco, mientras los sauces, inclinando sobre las aguas sus quejosas ramas, lloraban sobre él. Como un anciano sin fuerzas, el estanque apretaba con su frÃo abrazo el lejano y oscuro cielo, cubriendo de besos helados las estrellas de fuego, que ondeaban con su pálido brillo en el tibio aire nocturno, como si presintieran la inminente aparición de la centelleante reina de la noche. Junto al bosque, en la montaña, una vieja casa de madera dormitaba con sus postigos cerrados; el musgo y la maleza habÃan cubierto su tejado; frondosos manzanos habÃan crecido ante sus ventanas; el bosque, que la abrazaba con su sombra, le daba un aspecto siniestro y salvaje; a sus pies habÃa un nogueral que descendÃa hasta el estanque.
—Recuerdo como a través de un sueño —dijo Hanna, sin apartar los ojos de sus paredes— que hace mucho tiempo, cuando yo era muy pequeña y vivÃa aún con mi madre, se decÃan cosas terribles de esa casa. Tú debes saber la historia, Levko. ¡Cuéntamela!
—¡Dejemos eso ahora, querida mÃa! ¡La de cosas que son capaces de contar las mujeres y las gentes estúpidas! Esa historia te llenarÃa de inquietud, te darÃa miedo y te impedirÃa dormir en paz.