Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —SÃ, Levko, sólo tienes que pronunciar una palabra para que todo se arregle. Lo sé por experiencia: a veces me propongo no escucharte, pero basta que digas una palabra para que acabe haciendo todo lo que quieres. ¡Mira, mira! —continuó, apoyando su cabeza en el hombro del muchacho y levantando los ojos hacia el cielo azul de Ucrania, tibio e inmenso, medio oculto por las frondosas ramas de los cerezos que se alzaban ante ellos—. Mira, allá a lo lejos empiezan a titilar algunas estrellas: una, dos, tres, cuatro, cinco… Son ángeles de Dios que han abierto los ventanucos de sus brillantes moradas celestes y nos miran, ¿no es asÃ, Levko? ¿No son ellos los que contemplan nuestra tierra? ¡Si los hombres tuvieran alas como los pájaros, podrÃan volar alto, muy alto, y llegar hasta ellos! ¡Ah, qué miedo! Ninguno de nuestros robles llega hasta el cielo. No obstante, dicen que en un paÃs muy lejano hay un árbol tan alto que agita su copa en el mismo cielo, y que por él desciende Dios a la tierra la noche de Pascua.
—No, Halia; Dios dispone de una larga escalera que comunica el cielo con la tierra. Los santos arcángeles la despliegan la vÃspera de la Pascua; en cuanto Dios pone el pie en el primer peldaño, todos los espÃritus impuros se precipitan hacia abajo y se hunden por docenas en el infierno; por eso en la fiesta de Cristo no hay ni un espÃritu maligno en la tierra.