Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Pero en su boca las palabras «le he dicho» sonaron con cierta melancolía.
—¿Y qué más?
—¿Qué puedo hacer con él? El viejo zorro se hace el sordo, como de costumbre. No quiere oír nada y me reprende por andar por las calles, alborotar y armar jaleo en compañía de otros muchachos. ¡Pero no te preocupes, Halia mía! ¡Te doy mi palabra de cosaco de que conseguiré convencerlo!