Las Veladas de Dikanka

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—¿Sabes lo que pienso? —le interrumpió la muchacha, mirándole con ojos pensativos—. Parece como si una voz me susurrara al oído que a partir de ahora no podremos vernos tan a menudo. La gente de tu aldea no es buena. Todas las muchachas me miran con envidia y los mozos… He reparado incluso en que desde hace algún tiempo mi madre me vigila con mayor severidad. Te aseguro que la vida era más alegre lejos de mi casa.

Al pronunciar esas últimas palabras una expresión de tristeza se dibujó en su cara.

—¡Sólo llevas dos meses en tu aldea natal y ya te aburres! ¿O acaso te aburro yo?

—¡No, no! —dijo ella con una sonrisa—. ¡Por ti sólo siento amor, cosaco de negras cejas! Te amo por tus ojos castaños y porque, cuando me miras, toda mi alma parece sonreír, llenarse de contento y de dicha; te amo por el modo tan atractivo con que frunces tu bigote negro, porque paseas por la calle cantando y tocando tu bandurria, y mi corazón se alegra al escucharte.

—¡Oh, mi Halia! —exclamó el muchacho, besándola y apretándola con más fuerza contra su pecho.

—¡Basta! ¡Detente, Levko! Dime primero si has hablado con tu padre.

—¿Qué? —exclamó él, como despertando de un sueño—. Le he dicho que quiero casarme contigo y que tú quieres ser mi mujer.


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