Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Y así diciendo, se dio la vuelta, se puso el gorro ladeado y se alejó con orgullosos pasos de la ventana, rasgueando suavemente las cuerdas de su bandurria. En ese momento el picaporte de madera giró y la puerta se abrió con un chirrido. Una muchacha de diecisiete primaveras, envuelta en el crepúsculo, apareció en el umbral y, sin soltar el picaporte, avanzó unos pasos, mirando con temor a su alrededor. Sus ojos claros, como pequeñas estrellas, centelleaban con un brillo de bienvenida en medio de la penumbra; su collar de coral rojo resplandecía; ni siquiera el pudoroso rubor que cubría sus mejillas escapaba a la penetrante mirada del muchacho.
—¡Qué impaciente eres! —le dijo en voz baja—. ¡Ya te has enfadado! ¿Por qué has elegido este momento? No deja de pasar gente por las calles… Todo mi cuerpo está temblando…
—¡Oh, no tiembles, mi arándano rojo! ¡Apriétate más a mí! —dijo el muchacho, depositando a un lado la bandurria que llevaba colgada al cuello, abrazando a la muchacha y sentándose con ella a la puerta de la jata—. Ya sabes que no puedo pasar una hora sin verte.