Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka El sol está bajo, la noche se acerca,
sal ya, corazón, espero a tu puerta.
—¡No, se ve que duerme a pierna suelta mi bella de lÃmpidos ojos! —dijo el cosaco, dando por terminada su canción y aproximándose a la ventana—. ¡Halia! ¡Halia! ¿Duermes o es que no quieres salir? Seguramente temes que alguien nos vea o quizás no quieras exponer al frÃo tu blanco rostro. No tengas miedo: no hay nadie. La noche es templada. Y si aparece alguien, te cubriré con mi casaca, te envolveré con mi cinturón y te ocultaré con mis brazos, de modo que nadie te verá. Y si se levanta una ráfaga de viento frÃo, te estrecharé aún más contra mi corazón, te calentaré con besos y arroparé tus blancos pies con mi gorro. ¡Corazón mÃo, tesoro, perla mÃa! Muéstrate por un instante. Tiéndeme al menos tu blanca mano por la ventana… ¡No, no estás dormida, altanera muchacha! —dijo levantando la voz, como avergonzado de aquel momento de flaqueza—. ¿Te gusta burlarte de mÃ? ¡Pues adiós!