Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka ¡Sólo el diablo lo entiende! Cuando a los cristianos
se les mete una cosa en la cabeza,
se atormentan y se afanan como perros
en pos de una liebre, y todo en vano.
Pero cuando se entromete el diablo,
basta con que mueva la cola para que
se obtenga el don como llovido del cielo.
La sonora melodía de una canción fluía como un río por las calles de la aldea de ***. Era la hora en que, agotados por las tareas y las preocupaciones de la jornada, los mozos y las muchachas se reunían en ruidoso círculo, bajo el resplandor de un límpido atardecer, para verter su alegría en sonidos siempre entreverados de melancolía. El pensativo atardecer estrechaba soñador el cielo azul, cubriéndolo todo de vaguedad y lejanía. Caía ya el crepúsculo, pero seguían sonando las canciones. Con una bandurria en la mano, el joven cosaco Levko, hijo del alcalde de la villa, se separó del grupo de cantantes y emprendió un paseo en solitario. Llevaba el cosaco un gorro de piel de cordero. Avanzaba por la calle, rasgueaba las cuerdas de la bandurria y trazaba un paso de baile. De pronto se detuvo en silencio ante la puerta de una jata rodeada de pequeños cerezos. ¿De quién era esa jata? ¿Quién vivía tras esa puerta? Después de un breve silencio, el cosaco se puso a tocar y a cantar: