Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka ¡Pero para qué hablar! En este mismo lugar en el que se alza nuestra aldea, todo parece tranquilo; pero sabed que hubo un tiempo —mi difunto padre y yo fuimos testigos de ello— en que un hombre de bien no podÃa pasar junto a las ruinas de esa taberna, que una estirpe impura estuvo largo tiempo reparando por su cuenta. Una columna de humo salÃa de la chimenea renegrida, se elevaba tanto que no se podÃa mirar sin que a uno se le cayera el gorro y esparcÃa brasas por toda la estepa, mientras el diablo —ni siquiera habrÃa que mencionar a ese hijo de perra— sollozaba de forma tan lastimera en su cuchitril que bandadas enteras de asustados grajos levantaban el vuelo de un robledal cercano y atronaban el cielo con sus gritos salvajes.