Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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Pero esperen ustedes, que no acabó ahí la cosa. El mismo día que el maligno se llevó a Pietro, reapareció Basavriuk; todos huyeron de él nada más verlo. Ahora sabían quién era ese pájaro: Satanás en persona, que había adquirido apariencia humana para desenterrar tesoros; y como los tesoros son inaccesibles a las manos impuras, se había dedicado a seducir jóvenes. Ese mismo año todos los habitantes abandonaron sus cuchitriles y se trasladaron a la aldea; pero tampoco allí el maldito Basavriuk los dejó en paz. La tía de mi difunto abuelo decía que estaba especialmente furioso con ella porque había abandonado su antigua taberna de la carretera de Oposhniani, y que trataba con todas sus fuerzas de obtener venganza. En una ocasión los viejos de la aldea se reunieron en la taberna y, según se dice, conversaron por orden de ancianidad en torno a una mesa en cuyo centro había un cordero asado, y no precisamente pequeño. Charlaron de diversos temas y se ocuparon de toda suerte de sucesos extraordinarios y prodigiosos. De pronto les pareció —y no fue sólo a uno, sino a todos— que el cordero levantaba la cabeza, que sus ojos extraviados se animaban y se iluminaban, y que un bigote negro y erizado, que había surgido en un abrir y cerrar de ojos, hacía significativos gestos a los comensales. En la cabeza de cordero todos reconocieron al momento la jeta de Basavriuk; la tía de mi abuelo llegó a pensar incluso que de un momento a otro pediría vodka… Los honrados ancianos cogieron sus gorras y regresaron a toda prisa a sus casas. En otra ocasión el propio mayordomo de la parroquia, al que de vez en cuando le gustaba charlar con la jarra de su abuelo, no había tenido tiempo de vaciarla dos veces, cuando advirtió que ésta le hacía una profunda reverencia. «¡Vete al diablo!», le dijo, y empezó a santiguarse. También a su media naranja le sucedió algo extraño: apenas había empezado a amasar harina en una enorme artesa, cuando de pronto la harina empezó a dar saltos. «¡Para, para!». ¡Pero ni caso! Poniendo las manos en jarra con aire de importancia, la harina se puso a bailar una danza rusa por toda la jata… Podéis reíros, pero a nuestros abuelos no les hizo ninguna gracia. Por mucho que el padre Afanasi fue por toda la aldea con el agua bendita y persiguió al diablo por las calles con el hisopo en la mano, la tía de mi difunto abuelo siguió quejándose de que alguien, en cuanto anochecía, llamaba en el tejado de su casa y arañaba las paredes.


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