Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka ¿Sabéis cómo es la noche en Ucrania? ¡No, seguramente no lo sabéis! Fijaos bien: en medio del cielo luce la luna; la inmensa bóveda celeste se ensancha, se hace aún más extensa. Arde y respira. Toda la tierra se cubre de una luz plateada; y el maravilloso aire, fresco y sofocante a un tiempo, lleno de voluptuosidad, transporta un océano de fragancias. ¡Noche divina! ¡Noche deleitosa! Inmóviles, inspirados, los bosques se alzan llenos de penumbra y proyectan a lo lejos sus gigantescas sombras. En los estanques reinan la serenidad y el silencio; sus aguas frías y sombrías soportan el lúgubre encierro de los muros verde oscuro de los jardines. Las virginales frondas de los alisos y de los cerezos hunden temerosamente sus raíces en las aguas heladas de una fuente, y sus follajes susurran a veces, como si les enfadara y les irritara que el viento nocturno, esa inconstante beldad, se acercara a hurtadillas para besarlos. Todo el paisaje duerme. Y por encima, todo respira, todo es mágico, todo está lleno de solemnidad. Del alma se apodera el sentimiento de lo infinito y lo maravilloso; y en su profundidad surgen armoniosamente multitud de plateadas visiones. ¡Noche divina! ¡Noche deleitosa! De pronto todo se anima: los bosques, los estanques y las estepas. Se oye el armonioso trino del ruiseñor ucraniano, y parece como si la misma luna se parara en medio del cielo para escucharlo… La aldea duerme como encantada sobre la colina. A la luz de la luna las casas parecen aún más blancas y brillantes; aún más cegadores se recortan en la penumbra sus bajos muros. Los cantos han cesado. Todo está en silencio. Los hombres honrados ya duermen. Sólo en alguna estrecha ventana todavía hay luz. Sólo junto a la puerta de una jata alguna familia retrasada toma su tardía cena.