Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Me gustaría saber quién es ese canalla que se jacta de poder arrancarme el tupé! —murmuró Levko, y estiró el cuello, tratando de no perder ni una palabra. Pero el desconocido siguió hablando en voz tan baja que no alcanzó a oír nada.
—¡Cómo no te da vergüenza! —exclamó Hanna cuando el hombre terminó su discurso—. Mientes; tratas de engañarme; no me amas; nunca creeré que me amas.
—Ya sé —continuó el hombre de elevada estatura— que Levko te ha dicho tantas tonterías que la cabeza te da vueltas (en ese momento le pareció al muchacho que la voz del desconocido le resultaba familiar, que ya la había oído antes). ¡Pero se va a enterar ese Levko! —continuó el desconocido en el mismo tono—. Se imagina que no veo todas sus tretas. Pero le voy a hacer probar mis puños a ese hijo de perra.
Al oír esas últimas palabras Levko no pudo contener más su ira. Dio tres pasos hacia él y levantó los brazos con todas sus fuerzas para asestarle un golpe tan tremendo que, a pesar de su visible fortaleza, el desconocido probablemente se habría desplomado; no obstante, en ese momento la luz iluminó su rostro y Levko, estupefacto, se encontró cara a cara con su padre. Sólo con un involuntario movimiento de la cabeza y un leve silbido entre dientes acertó a expresar su sorpresa. A su lado se oyó un susurro; Hanna entró apresuradamente en la jata y cerró la puerta tras ella.