Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡No, muchachos, no, no quiero! ¡Ya está bien de juergas! ¿Cómo no os aburre tanta francachela? Ya sin eso tenemos fama de alborotadores de la peor especie. Es mejor que os vayáis a dormir —en esos términos se dirigÃa Levko a sus bulliciosos compañeros, que le proponÃan nuevas travesuras—. ¡Adiós, hermanos! ¡Buenas noches! —y se alejó de ellos con rápidos pasos.
«¿Estará durmiendo mi Hanna de ojos claros?», pensaba mientras se acercaba a la jata rodeada de cerezos que ya conocemos. En medio del silencio se oyó un apagado murmullo. Levko se detuvo. Entre los árboles surgió la blanca mancha de una camisa… «¿Qué significa esto?», pensó, y, aproximándose un poco más, se ocultó detrás de un árbol. A la luz de la luna brillaba el rostro de una muchacha… ¡Era Hanna! Pero ¿quién era el hombre de elevada estatura que le daba la espalda? En vano trataba de identificarlo: la sombra le cubrÃa de pies a cabeza. Sólo por delante estaba levemente iluminado; pero el menor paso en esa dirección exponÃa a Levko a la desagradable posibilidad de ser descubierto. Se apoyó en silencio en el árbol y decidió no moverse de su sitio. La muchacha pronunció con clara voz su nombre.
—¿Levko? ¡Levko es aún un mocoso! —susurró con voz ronca el hombre de elevada estatura—. Si le encuentro un dÃa en tu casa, le arrancaré el tupé.