Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka ¿Quién era ese alcalde que inspiraba rumores y palabras tan contrarias a su buen nombre? ¡Ah, en una aldea el alcalde es siempre un personaje importante! Mientras Kalenik llega al final de su camino, tendremos tiempo suficiente para decir unas palabras sobre él. Todos los habitantes de la aldea se quitan el gorro en cuanto lo ven; y las muchachas, hasta las más jovencitas, le dan los «buenos días». ¡Qué mozo no querría ser alcalde! El alcalde tiene libre acceso a todas las tabaqueras; hasta el campesino más robusto mantiene una actitud respetuosa y conserva el gorro en la mano mientras el alcalde hunde sus gordos y toscos dedos en su tabaquera de madera de tilo. En la Asamblea Regional o gromada, a pesar de que su poder se limita a disponer de algunos votos, el alcalde siempre se sale con la suya y envía a quien le parece a igualar y alisar caminos o a cavar zanjas. El alcalde es un hombre sombrío, de aspecto severo, amigo de pocas palabras. Hace mucho, muchísimo tiempo, cuando la gran emperatriz Catalina, de feliz memoria, se trasladó a Crimea, fue elegido para formar parte de su séquito; durante dos días enteros desempeñó esas funciones e incluso tuvo el honor de ir sentado en el pescante junto al cochero de la zarina. Desde entonces, el alcalde había adquirido la costumbre de bajar la cabeza con aire de importancia, como si estuviera sumido en profundos pensamientos, atusarse el largo bigote con las guías hacia abajo y dirigir penetrantes miradas de soslayo; desde entonces, el alcalde, cualquiera que fuera el tema de conversación, siempre encontraba el modo de contar cómo había acompañado a la zarina y se había sentado en el pescante de la carroza imperial. Al alcalde le gusta hacerse el sordo de vez en cuando, especialmente cuando oye algo que no le gusta. El alcalde no soporta la afectación en el vestir: lleva siempre una casaca de paño negro de confección casera y se ciñe con un cinturón de lana de colores; nadie le ha visto nunca con otro atuendo, excepto en aquel viaje a Crimea como acompañante de la zarina, en el que lució un caftán azul de cosaco. Pero en toda la aldea apenas había nadie que recordara esos tiempos; en cuanto al caftán, lo guarda bajo llave en un baúl. El alcalde era viudo; pero en su casa vivía una cuñada que le preparaba la comida y la cena, lavaba los bancos, blanqueaba las paredes, le tejía las camisas y se ocupaba de toda la casa. En la aldea corría el rumor de que esa mujer no era su cuñada; pero ya hemos visto que el alcalde tenía muchos detractores a los que gustaba difundir toda suerte de infundios. Esas habladurías acaso se debieran al disgusto que mostraba la cuñada cada vez que el alcalde iba a los campos en los que trabajaban las segadoras o visitaba a un cosaco que tuviera una hija joven. El alcalde era tuerto; pero el ojo que le quedaba era muy pícaro y podía distinguir desde lejos a una aldeana bonita. No obstante, nunca dirigía la mirada sobre un bello rostro hasta haberse cerciorado de que su cuñada no se encontraba cerca. Ya hemos dicho casi todo lo que es necesario saber sobre el alcalde; pero el borracho Kalenik aún no ha recorrido la mitad de su camino y sigue obsequiando al alcalde con cuantas palabras escogidas le vienen a la perezosa y torpe lengua.