Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¿Bailar?… ¡Ah, qué muchachas más traviesas! —dijo Kalenik, arrastrando las palabras, riendo, amenazándolas con un dedo y tambaleándose, pues sus piernas no podÃan sostenerlo en un mismo sitio—. ¿Y me dejaréis que os bese una por una? ¡A todas, quiero besaros a todas!… —y con pasos inseguros se puso a perseguirlas.
Las muchachas dejaron escapar algunos gritos y armaron un gran alboroto; pero al poco rato, viendo que los pies de Kalenik no se movÃan con soltura, cobraron ánimo y corrieron al otro lado de la calle.
—¡Allà está tu casa! —le gritaron, alejándose y mostrándole una isba mucho más grande que las demás, que pertenecÃa al alcalde de la villa. Kalenik, siguiendo sus indicaciones, avanzó en esa dirección, al tiempo que volvÃa a injuriar al alcalde.