Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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—¡Ya voy! —dijo el campesino, deteniéndose—. Ya voy. No haré caso a ningún alcalde. Pero ¡qué se ha creído! ¡Que el diablo se le aparezca a su padre! Por ser alcalde y arrojar agua fría a la gente en plena helada se figura que puede hacer cualquier cosa. Bueno, es el alcalde, es el alcalde, de acuerdo. Pero yo soy el alcalde de mí mismo. ¡Que me castigue Dios! ¡Que Dios me castigue! Soy el alcalde de mí mismo. Así es y no… —continuó y, acercándose a la primera jata con la que se topó, se detuvo delante de la ventana, pasó los dedos por el cristal y trató de encontrar el picaporte de madera—. ¡Abre, mujer! ¡Vamos, mujer, te estoy diciendo que abras! ¡Ya es hora de que duerma este cosaco!

—¿Adónde vas, Kalenik? ¡Estás llamando a una casa ajena! —le gritaron entre risas unas muchachas que volvían de una reunión en la que habían entonado alegres canciones—. ¿Quieres que te indiquemos dónde está la tuya?

—¡Haced el favor, amables señoritas!

—¿Señoritas? ¿Habéis oído? —exclamó una—. ¡Qué cortés es Kalenik! Merece que le mostremos el camino… Pero no, antes tendrá que bailar.


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