Las Veladas de Dikanka

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—¡Vaya con mi padre! —exclamó Levko, recuperándose de su sorpresa y siguiendo con la vista al alcalde, que se alejaba profiriendo juramentos—. ¡Cómo se las gasta! ¡Muy bonito! Y yo que me sorprendía y no dejaba de preguntarme por qué siempre se hacía el sordo cuando le hablaba del asunto. Espera un poco, vejestorio, y ya te enseñaré yo a rondar bajo las ventanas de las muchachas. ¡Ya te enseñaré yo a robar las prometidas ajenas! ¡Eh, muchachos! ¡Venid aquí! ¡Aquí! —gritó, haciendo señas con las manos a los mozos, que se habían reagrupado—. ¡Venid aquí! Os había aconsejado que os fuerais a la cama, pero he cambiado de opinión y estoy dispuesto a divertirme con vosotros durante toda la noche.

—¡Muy bien dicho! —exclamó un muchacho fornido y apuesto, que estaba considerado el mayor juerguista y alborotador de la aldea—. ¡Todo me parece aburrido cuando no consigo divertirme a mis anchas y gastar alguna broma! Me siento como si me faltara algo, como si hubiera perdido la gorra o la pipa; en una palabra, como si no fuera un cosaco.

—¿Queréis que hagamos rabiar al alcalde?

—¿Al alcalde?


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