Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —SÃ, al alcalde. ¿Qué se ha creÃdo? Nos da órdenes como si fuera un hetman[10]. No sólo nos toma por criados suyos, sino que además persigue a nuestras muchachas. Me parece que no hay en la aldea una sola joven bonita a la que no haga la corte.
—Es verdad, es verdad —gritaron a una sola voz todos los mozos.
—¿Acaso somos criados, muchachos? ¿Acaso no tenemos todos el mismo rango? ¡Somos, gracias a Dios, cosacos libres! ¡Vamos a demostrarle, muchachos, que somos cosacos libres!
—¡Vamos a demostrárselo! —gritaron los mozos—. ¡Y no sólo al alcalde, sino también al escribano!
—¡También al escribano! Precisamente, se me acaba de ocurrir una bonita canción sobre el alcalde. Vamos, os la enseñaré —continuó Levko, tañendo las cuerdas de su bandurria—. Y una cosa más: ¡disfrazaos con lo primero que encontréis!
—¡Pásatelo bien, cosaco! —exclamó el robusto juerguista, chocando los talones y dando una palmada—. ¡Qué esplendor! ¡Qué libertad! En cuanto uno empieza a hacer diabluras, se dirÃa que vuelven los tiempos de antaño. El corazón se siente ligero y libre, y el alma parece encontrarse en el paraÃso. ¡Vamos, muchachos! ¡Divirtámonos!…