Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Sólo una jata, en el fondo de la calle, estaba aún iluminada. Era la morada del alcalde. Hacía tiempo que éste había terminado de cenar y sin duda llevaría un buen rato durmiendo de no haber sido porque tenía un huésped: un destilador enviado a montar una fábrica de aguardiente por un hacendado que poseía algunas tierras entre los campos de los cosacos libres. El huésped estaba sentado bajo los iconos, en el lugar de honor; era un hombre grueso, de baja estatura, con ojillos siempre sonrientes, en los que parecía reflejarse la satisfacción con que fumaba su corta pipa; no paraba de escupir y aplastaba con el dedo el tabaco transformado en ceniza, siempre a punto de desbordarse. Nubes de humo se elevaban veloces por encima de su cabeza, recubriéndolo de una niebla azulada. Parecía como si la ancha chimenea de alguna destilería, aburrida de descansar sobre su tejado, hubiera decidido darse un paseo y sentarse dignamente a la mesa del alcalde. Bajo la nariz asomaban un bigote corto y espeso, pero se distinguía con tanta dificultad en ese ambiente saturado de humo que parecía más bien un ratón que el destilador había atrapado y mantenía en su boca, acabando de ese modo con el monopolio del ambarino gato. El alcalde, en calidad de anfitrión, sólo iba vestido con una camisa y pantalones bombachos de lienzo. Su ojo de águila, como el sol poniente, empezaba poco a poco a parpadear y a apagarse. En el extremo de la mesa, con la casaca puesta por respeto a su patrón, fumaba su pipa uno de los guardias que formaban la milicia del alcalde.