Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¿Piensa usted construir pronto ésa destilerÃa? —preguntó el alcalde, volviéndose hacia el huésped y haciendo la señal de la cruz sobre su boca para disimular un bostezo.
—Si Dios lo quiere tal vez podamos empezar a fabricar aguardiente este otoño. Estoy dispuesto a apostar que el dÃa de la Intercesión de la Virgen el señor alcalde irá haciendo eses por el camino.
Al pronunciar esas palabras los ojillos del destilador desaparecieron; en su lugar, surgieron unas arrugas que se extendieron hasta sus orejas; todo el torso se vio sacudido por la risa y los alegres labios se apartaron por un instante de la humeante pipa.
—¡Dios le oiga! —exclamó el alcalde, esbozando un gesto semejante a una sonrisa—. Ahora, gracias a Dios, las fábricas de aguardiente son poco numerosas, pero en los viejos tiempos, cuando yo acompañaba a la zarina por la carretera de Pereiaslav, el difunto Bezborodko…