Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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—Pero bueno, hermano, ¿de qué tiempos me hablas? En aquel entonces, desde Kremenchug hasta Romni, no había más que dos fábricas de aguardiente, mientras que ahora… ¿Te has enterado de lo que han inventado esos malditos alemanes? Dentro de poco, según dicen, ya no destilarán alcohol con leña, como hacen todos los cristianos honrados, sino con una especie de vapor diabólico. —Y al pronunciar esas palabras, el destilador contempló con aire pensativo la mesa y sus propias manos, extendidas sobre ella—. ¡No sé cómo puede hacerse eso con vapor!

—Que Dios me perdone, ¡pero qué tontos son esos alemanes! —exclamó el alcalde—. ¡Yo les daría de latigazos a todos esos hijos de perra! ¿Dónde se ha oído que se pueda hervir algo con vapor? Si no puede uno llevarse a la boca una cucharada de borsch[11] sin quemarse los labios como un lechón…

—Y tú, compadre —intervino la cuñada, que estaba sentada en el poyo de la estufa con las piernas recogidas—, ¿vas a pasar todo este tiempo entre nosotros sin tu mujer?

—¿Y para qué la necesito? Si tuviera alguna cualidad, sería otra cosa.

—¿Acaso no es bonita? —le preguntó el alcalde, mirándole fijamente con su ojo.


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