Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Pero qué dices! Es vieja como un demonio. Tiene toda la jeta arrugada como un monedero vacío. —Y la achaparrada figura del destilador se vio sacudida de nuevo por una fuerte risa.
En ese momento se oyó cómo alguien tanteaba en el picaporte por fuera; a continuación la puerta se abrió y apareció un mujik que atravesó el umbral sin quitarse la gorra y se quedó mirando el techo con aire pensativo y la boca abierta. Era nuestro amigo Kalenik.
—¡Por fin me encuentro en casa! —exclamó, sentándose en el banco que había junto a la puerta, sin prestar la menor atención a los presentes—. ¡Cómo me ha alargado el camino ese miserable de Satanás! ¡Por más que andaba, no había manera de llegar! Parecía como si alguien me hubiera roto las piernas. Eh, vieja, vete a buscarme la pelliza para que me acueste. No me subiré a la estufa junto a ti, te lo aseguro. ¡Me duelen las piernas! Vete a buscármela. Está ahí, junto a la pared; pero procura no tirar la olla con el tabaco picado. Pero no, no la toques, más vale que no la toques. Puede que hoy estés borracha… Deja, yo mismo la cogeré.
Kalenik hizo intención de levantarse, pero una fuerza irresistible le mantenía pegado al banco.
—Esto me gusta —dijo el alcalde— ¡llega a una casa ajena y se comporta como si estuviera en la suya! ¡Sacadlo de aquí sin contemplaciones!