Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Déjalo que descanse, compadre! —exclamó el destilador, cogiéndolo por el brazo—. Es un hombre útil; si hubiera mucha gente como él, nuestra fábrica de aguardiente marcharÃa a las mil maravillas…
No obstante, no habÃa sido la bondad la que habÃa inspirado esas palabras. El destilador creÃa en todos los presagios y, en su opinión, expulsar a un hombre que ya se habÃa sentado significaba atraerse una desgracia segura.
—¡Qué será de mà cuando llegue la vejez! —balbuceaba Kalenik, mientras se acostaba en el banco—. Si al menos estuviera borracho; pero no, no estoy borracho. ¡Dios es testigo de que no estoy borracho! ¿Para qué voy a mentir? Estoy dispuesto a declararlo ante el alcalde en persona. ¿Qué me importa a mà el alcalde? ¡Ojalá reviente ese hijo de perra! ¡Escupo sobre él! ¡Ojalá le aplaste una carreta a ese diablo tuerto! Bañar a las gentes con agua frÃa en pleno invierno…