Las Veladas de Dikanka

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—¡Vaya! El muy cerdo se mete en una casa ajena y encima pone las patas sobre la mesa —exclamó el alcalde, levantándose con indignación; pero en ese mismo instante, una pesada piedra hizo añicos el vidrio de la ventana y rodó hasta sus pies. El alcalde se detuvo—. ¡Si supiera quién es el canalla que la ha lanzado —dijo, recogiendo la piedra—, le iba a dar una buena lección! ¡Vaya unas gamberradas! —continuó, examinando con mirada colérica la piedra que tenía entre las manos—. Ojalá se atragante con ella…

—¡Calla, calla! ¡Que Dios te guarde, compadre! —exclamó el destilador, palideciendo—. ¡Que Dios te guarde en este mundo y en el otro de desear esos males a tus semejantes!

—¿Acaso vas a defenderle? ¡Ojalá reviente!

—¡Ni se te ocurra pensarlo, compadre! Probablemente no sabes lo que le ocurrió a mi difunta suegra.

—¿A tu suegra?



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