Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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—Sí, a mi suegra. Una noche, quizás algo más temprano que ahora, todos se sentaron a la mesa para cenar: mi difunta suegra, mi difunto suegro, el criado, la criada y unos cinco o seis niños. Mi suegra había retirado del caldero algunas galushkas y las había puesto en una escudilla para que se enfriaran más deprisa, pero después del trabajo todos estaban hambrientos y ninguno quería esperar a que se enfriaran, de modo que, pinchándolas con largos palillos de madera, empezaron a comer. De pronto apareció un hombre —vaya usted a saber de dónde venía y quién era— y pidió que se le permitiera compartir la comida. ¿Cómo no dar de comer a un hambriento? Le entregaron un palillo, y el extraño empezó a comer galushkas como una vaca el heno. Los demás sólo habían tenido tiempo de comer una y se aprestaban a coger otra con el palillo, cuando se encontraron con que el fondo estaba tan liso como el suelo de la casa de un señor. Mi suegra trajo algunas más, pensando que el visitante ya se habría saciado y comería menos. Pero no fue así. Se puso a comer todavía con más ganas y no tardó en vaciar esa segunda escudilla. «Ojalá te atragantes con esas galushkas», se dijo para sí mi hambrienta suegra, y en ese mismo momento el hombre se atragantó y cayó al suelo. Todos se precipitaron sobre él, pero ya estaba muerto. Se había ahogado.

—Eso es lo que se merecía ese maldito glotón —exclamó el alcalde.


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