Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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—Así es, pero no acabó ahí la cosa: desde ese día mi suegra no tuvo un minuto de paz. En cuanto caía la noche, se le aparecía el muerto. Se sentaba sobre la chimenea, el maldito, con una galushka entre los dientes. Durante el día todo estaba tranquilo, y no había ni rastro de él; pero en cuanto oscurecía, bastaba con levantar los ojos para verlo, al muy hijo de perra, sentado en la chimenea.

—¿Con una galushka entre los dientes?

—Así es.

—¡Vaya una historia, compadre! En tiempos de la difunta zarina oí contar algo parecido…

Nada más pronunciar esas palabras, el alcalde se detuvo. Bajo la ventana se oyeron algunos ruidos y taconeos de baile. Alguien tañó con suavidad las cuerdas de una bandurria; luego se oyó una voz. Las cuerdas sonaron con mayor fuerza; otras voces acompañaron a la primera, y la canción se elevó en una suerte de torbellino:

Muchachos, ¿no habéis oído que le falta algún tornillo al alcalde en la cabeza?

Se le mueve y no está quieta. Clávale cercos de acero en la testa, tonelero.

Rocíala, tonelero, con estacazos certeros.

Nuestro alcalde es viejo y tonto,

tuerto, necio y peina canas,

caprichoso y lujurioso

y corteja a las muchachas…


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