Taras Bulba
Taras Bulba —¿Cómo, hijo de perro? ¿A tu padre? —dijo Taras Bulba retrocediendo algunos pasos asombrado.
—SÃ, a mi mismo padre, cuando se me ofende, no miro quién lo hace.
—¿Y de qué modo quieres batirte conmigo, a puñetazos?
—Me es completamente igual de un modo que otro.
—Vaya por los puñetazos —repuso Taras Bulba arremangándose las mangas. Voy a ver si sabes manejar los puños.
Y he aquà que padre e hijo, en vez de abrazarse después de una larga ausencia, empiezan a asestarse vigorosos puñetazos en los costados, en la espalda, en el pecho, en todas partes, tan pronto retrocediendo como atacando.
—Miren ustedes, buenas gentes: el viejo se ha vuelto loco, ha perdido de repente el juicio —exclamaba la pobre madre, pálida y flaca, inmóvil en las gradas, sin haber tenido tiempo aún de estrechar entre sus brazos a sus queridos hijos. ¡Vuelven los muchachos a casa, después de más de un año de ausencia, y he aquà que su padre inventa, Dios sabe qué bestialidad… darse de puñetazos!