Taras Bulba
Taras Bulba —¡Se bate como un coloso! —decÃa Bulba deteniéndose—. ¡SÃ, por Dios! Muy bien —añadió, abrochando su vestido—; aunque mejor hubiera hecho en no probarlo. Éste será un buen cosaco. Buenos dÃas, hijo, abracémonos ahora.
Y padre e hijo se abrazaron.
—Bien, hijo; atiza buenos puñetazos a todo el mundo como lo has hecho conmigo; no des cuartel a nadie. Esto no impide que estés hecho un adefesio con ese hábito. ¿Qué significa esa cuerda que cuelga? Y tú, estúpido, ¿qué haces ahà con los brazos cruzados? —dijo, dirigiéndose al hijo menor—. ¿Por qué, hijo de perro, no me aporreas también?
—Miren que ocurrencia —decÃa la madre abrazando al más joven de sus hijos—. ¿En dónde se ha visto que un hijo aporree a su propio padre? ¿Y es este el momento de pensar en ello? Un pobre niño, que acaba de hacer tan largo camino, y está tan cansado —el pobre niño tenÃa más de veinte años y una estatura de seis pies—, tendrá necesidad de descansar y de comer un bocado; ¡y él quiere obligarle a batirse!