Taras Bulba
Taras Bulba —¡Eh! ¡Eh! Me parece que tú eres un mentecato —decÃa Bulba—. Hijo, no escuches a tu madre, es una mujer y no sabe nada. ¿Necesitan ustedes que les acaricien? Las mejores caricias, para ustedes son una buena pradera y un buen caballo. ¿Ven ese sable?, pues esa es la madre de ustedes. Todas esas tonterÃas que tienen ustedes en la cabeza, no son más que sandeces; yo desprecio todos los libros en que estudian ustedes, y las A B C, y las filosofÃas, y todo eso; los escupo.
Aquà Bulba añadió una palabra que no puede pasar a la imprenta.
—Vale más —añadió— que en la próxima semana les mande al zaporojié[1]. Allà es donde se encuentra la ciencia; allà está la escuela de ustedes, y también allà es donde se les desarrollará la inteligencia.
—¡Qué! ¿Sólo permanecerán aquà una semana? —decÃa la anciana madre con voz plañidera y bañada en llanto—. ¡Los pobres niños no podrán divertirse ni conocer la casa paterna! ¡Y yo no tendré tiempo siquiera para hartarme de contemplarlos!