Sab

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—¿Está allí Cubitas? —preguntó—. ¿Será esa luz, que a distancia parece tan pequeña, algún fanal que se coloque en esa altura para que sirva de dirección a los viajeros?

Antes que Sab hubiese podido contestar el señor de B…, cuyo carruaje emparejaba ya con el caballo de Carlota, dejó oír una estrepitosa carcajada, mas Enrique, que no había andado nunca de noche aquel camino, participaba de la admiración y curiosidad de su amada y preguntó como ella el origen de aquella luz singular. Pero la luz desapareció en el mismo instante y la vista no pudo ya distinguir sino la gran masa de aquella eminencia, que como un gigante del aire proyectaba su enorme sombra en el lejano horizonte.

—Parece —dijo riendo D. Carlos—, que os deja mohínos la ausencia de la linda lucecita, pero esperad… voy a evocar al genio de estos campos y volverá a lucir el misterioso fanal.

Apenas había concluido estas palabras la luz apareció con un resplandor más vivo, y Enrique y las dos señoritas manifestaron una sorpresa igual a la de las niñas. El señor de B…, testigo ya muchas veces de este fenómeno[21], se divertía con la admiración de sus jóvenes compañeros.


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