Sab
Sab —¿Y cuáles son? —preguntó D. Carlos con cierta curiosidad inquieta, que mostraba haber sospechado ya lo que preguntaba.
Sab se turbó algún tanto pero dijo al fin con voz baja y trémula:
—En sus momentos de exaltación, señor, he oÃdo gritar a la vieja india. La tierra que fue regada con sangre una vez lo será aún otra: los descendientes de los opresores serán oprimidos, y los hombres negros serán los terribles vengadores de los hombres cobrizos.
—Basta, Sab, basta —interrumpió don Carlos con cierto disgusto; porque siempre alarmados los cubanos, después del espantoso y reciente ejemplo de una isla vecina, no oÃan sin terror en la boca de un hombre del desgraciado color cualquiera palabra que manifestase el sentimiento de sus degradados derechos y la posibilidad de reconquistarlos. Pero Carlota, que habÃa atendido menos a los pronósticos de la vieja que a la relación lamentable de la muerte del Cacique, volvió hacia Enrique sus bellos ojos llenos de lágrimas:
—Jamás he podido —dijo— leer tranquilamente la historia sangrienta de la conquista de América. ¡Dios mÃo! ¡Cuántos horrores! Paréceme empero increÃble que puedan los hombres llegar a tales extremos de barbarie. Sin duda se exagera, porque la naturaleza humana no puede, es imposible, ser tan monstruosa.