Sab

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El mulato la miraba con indescribible expresión: Enrique se burló de sus lágrimas.

—Eres una niña, querida mía —la dijo—, ¿lloras ahora, por la relación de una vieja loca, la muerte de un ser que acaso no existió nunca sino en la imaginación de Martina?

—No, Enrique —respondió con tristeza la doncella—, no lloro por Camagüey ni sé si existió realmente, lloro sí al recordar una raza desventurada que habitó la tierra que habitamos, que vio por primera vez el mismo sol que alumbró nuestra cuna, y que ha desaparecido de esta tierra de la que fue pacífica poseedora. Aquí vivían felices e inocentes aquellos hijos de la naturaleza: este suelo virgen no necesitaba ser regado con el sudor de los esclavos para producirles: ofrecíales por todas partes sombras y frutos, aguas y flores, y sus entrañas no habían sido despedazadas para arrancarle con mano avara sus escondidos tesoros. ¡Oh, Enrique!, lloro no haber nacido entonces y que tú, indio como yo, me hicieses una cabaña de palmas en donde gozásemos una vida de amor, de inocencia y de libertad.

Enrique se sonrió del entusiasmo de su querida haciéndola una caricia: el mulato apartó de ella sus ojos preñados de lágrimas.


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