Sab
Sab —¡Ah! ¡Sí! —pensó él—: no serías menos hermosa si tuvieras la tez negra o cobriza. ¿Por qué no lo ha querido el cielo, Carlota? Tú, que comprendes la vida y la felicidad de los salvajes, ¿por qué no naciste conmigo en los abrasados desiertos del África o en un confín desconocido de la América?
El señor de B… le arrancó de estos pensamientos dirigiéndole algunas preguntas respecto a Martina:
—¿Vive todavía? —le dijo.
—Sí señor, vive a pesar de haber experimentado es estos últimos años dolorosos infortunios.
—¿Qué le ha sucedido pues? —replicó con interés el caballero.
—Su nuera murió hace tres años y diez meses después dos de sus nietecitos. Un incendio consumió su casa, hace un año, y la dejó reducida a mayor miseria que aquella de que la sacara la bondad de su merced. Hoy día vive en una pequeña choza, cerca de las cuevas, con el único nieto que le queda, que es un niño de seis años al cual ama tanto más cuanto que el pobre chico está enfermo, y no promete una larga vida.
—La veremos —dijo D. Carlos—, y la dejaremos instalada en una de mis estancias. ¡Pobre mujer!, aunque extravagante es muy buena.