Sab
Sab —¡Ah! ¡SÃ… muy buena! —exclamó con emoción el mulato, y animando con un grito a su caballo se adelantó a prevenir la llegada de sus amos al mayoral de la estancia donde iban a desmontar.
Eran las nueve de la noche cuando los viajeros entraron en Cubitas. La casa elegida para su domicilio, si bien de mezquina apariencia, era grande en lo interior y el mayoral y su mujer procuraron a los recién llegados todas las comodidades posibles. La cena que se les sirvió fue parca y frugal, pero la alegrÃa y el apetito la hicieron parecer deliciosa. Nunca D. Carlos habÃa estado tan jovial, ni Carlota tan risueña ni amable. La misma Teresa parecÃa menos disciplente que de costumbre, y Enrique estaba encantado.
Cuando llegó la hora de recogerse a descansar:
—Amigo mÃo —le dijo Carlota, deteniéndose en el umbral del cuartito señalado para su dormitorio, y al cual él la conducÃa por la mano—, ¡cuán fácilmente pueden ser dichosos dos amantes tiernos y apasionados! En esta pobre aldea, en esta miserable casa, con una hamaca por lecho y un plantÃo de yucas por riqueza, yo serÃa dichosa contigo, y nada verÃa digno de mi ambición en lo restante del universo. Y tú, ¿pudieras tampoco desear más?