Sab
Sab Enrique por única contestación besó con ardor su hermosa mano, y ella atravesó el umbral sonriéndole con ternura. Diole las buenas noches y cerró lentamente la puerta, que tornó a abrir para repetirle «Buenas noches» con una mirada inefable. Por fin la puerta se cerró enteramente y Enrique inmóvil y pensativo quedó un momento como si guardase que volviese a abrirse aún otra vez. Luego sacudió la cabeza y murmuró en voz baja:
—¡No hay remedio! Esta mujer será capaz de volverme loco y hacerme creer que no son necesarias las riquezas para ser feliz.
—Señor, aguardo a su merced para conducirle a su dormitorio —dijo una voz conocida, a la espalda de Enrique. Volviose éste y vio a Sab.
—¿Cuál es pues mi cuarto? —preguntó con cierta turbación.
—Ése de la izquierda.
Enrique se entró en él precipitadamente y Sab le siguió hasta la puerta, a la cual se detuvo dándole las buenas noches.