Sab
Sab Una hora después todos dormían en la casa: sólo se veía un bulto inmóvil junto a la puerta de la habitación de la señorita de B…, pero al menor ruido que en el silencio de la noche se percibía en la casa aquel bulto se movía, se elevaba y salía de él una respiración agitada y fuerte: entonces podía conocerse que aquel bulto era un hombre.
Una vez, hacia la madrugada, oyose un ligero rumor acompasado, que parecía producido por las pisadas cautelosas de alguno que se acercaba. El bulto se estremeció profundamente y brilló en la oscuridad la hoja de un ancho machete. Los pasos parecían cada vez más próximos. El bulto habló en voz baja pero terrible:
—¡Miserable! No lograrás tus inicuos deseos.
Un prolongado ladrido respondió a esta amenaza. Los pasos que se habían oído eran los de un perro de la casa.
El machete cesó de brillar y el bulto volvió a quedar inmóvil en su sitio: solamente el perro repitió por dos veces su ladrido, pero como acercándose más hubo de conocer olfateando a aquel cuya voz le había alarmado, calló también luego y todo quedó sumergido en profundo silencio.