Sab

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Carlota hubiera deseado aguardar en Cubitas la vuelta de su amante, que se veía obligado a ir por algunos días a Guanaja; pero el Sr. de B… había determinado de antemano regresar a Bellavista el mismo día que Otway partiese a Guanaja. Estaba impaciente el buen caballero por enviar a Sab a Puerto Príncipe y acercase él mismo a aquella ciudad, a fin de tener más presto las noticias que deseaba. En el último correo de La Habana no había tenido carta de su hijo ni de sus preceptores. Sab, que había ido a la ciudad, como sabe el lector, llevando entre otros el encargo de sacar las cartas del correo, había declarado al llegar, (el día en que partieron para Cubitas), que no había carta ninguna para el señor de B… Extraño era este silencio de su hijo que no dejaba de escribirle un solo correo, y extraño también que su corresponsal de negocios no le mandase, como acostumbraba, los periódicos de La Habana, mayormente cuando debían contener la noticia del sorteo de la gran lotería; que ya sabía D. Carlos por Enrique haber caído el premio mayor en Puerto Príncipe. Deseaba, pues, con toda la impaciencia de que era susceptible su carácter, tener noticias de su hijo, cuyo silencio le inquietaba, y saber cuál era el número premiado. Aunque como ya hemos dicho no era don Carlos codicioso, ni diese demasiada importancia a las riquezas, no dejaba de conocer con dolor cuánto las suyas estaban desmembradas, y cuán bello golpe de fortuna sería para él sacar 40.000 duros a la lotería. Por tanto, al saber que este premio cayera en Puerto Príncipe latió su corazón de esperanza y acordándose que tenía dos billetes, y Teresa y Carlota cada una otro:


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