Sab

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Inclinó lánguidamente la cabeza, y quedó sumida en tan larga y profunda meditación que durante más de dos horas no hizo el menor movimiento, ni apenas podría percibirse que respiraba. La vela de sebo, que ardía a su lado sobre una mesa, habíase gastado sin que ella lo advirtiese y estaba próxima a extinguirse. Por fin, volviendo progresivamente de aquella especie de letargo, exhaló primero un hondo suspiro; levantó luego con lentitud la cabeza y echó una ojeada al reloj de mesa que estaba junto a ella.

—¡Las diez! —exclamó—: ¡las diez! ¡Hace pues dos horas que estoy aquí sola!

Miró luego la puerta del cuarto en que se hallaba Carlota, y que permanecía cerrado todavía, y por último fijó los ojos en la vela expirante, que ya apenas iluminaba débilmente los objetos, si bien arrojaba por intervalos ráfagas de vivísima luz.

—Así un corazón gastado por los pesares —dijo tristemente— arroja aún de tiempo en tiempo destellos de entusiasmo, antes de apagarse para siempre: ¡así mi pobre corazón cansado de amargura, despedazado de dolores, vierte todavía sobre mis últimos años de juventud el resplandor siniestro de una llama criminal y terrible!


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