Sab

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Melancólica y preocupada llegó al anochecer a aquel ingenio del cual saliera tres días antes con tan risueñas disposiciones, y sabiendo que Sab debía partir al día siguiente para la ciudad pretextó tener que escribir varias cartas a algunas de sus conocidas y se encerró en su cuarto, para entregarse toda a su tristeza e inquietud; D. Carlos siguió su ejemplo retirándose a su escritorio, con el verdadero objeto de escribir muchas cartas que debía Sab llevar al correo, y las niñas fatigadas no tardaron en dormirse. Así únicamente Teresa permanecía en la sala al cuarto de hora de llegar al ingenio. Todos, al parecer, la habían olvidado y hallose sola enteramente. Levantose entonces de la butaca, en que se había sentado, y acercándose con cautela a la puerta del cuarto que servía de dormitorio a las dos, y en el cual se hallaba entonces encerrada Carlota, aplicó el oído a la cerraja y escuchó atentamente por espacio de algunos minutos. Luego volviose muy despacio a su silla.

—¡No hay duda! —dijo en voz baja—, ¡he oído sus sollozos! ¡Carlota!, ¿qué puede aflijirte? ¡Eres tan dichosa! ¡Todos te aman! ¡Todos desean tu amor!… ¡deja las lágrimas para la pobre huérfana, sin riquezas, sin hermosura! ¡a la que nadie pide amor, ni ofrece felicidad!


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