Sab
Sab En los tres días pasados en Cubitas habíale parecido su amante frecuentemente triste y caviloso, y sus adioses fueron fríos. Cuando Carlota le hablaba de su próxima unión, Enrique callaba o contestaba con cierta confusión. Cuando Carlota le reprochaba su displicencia, Enrique se disculpaba con pueriles pretextos. Una desconfianza indeterminada, pero cruel, oprimió por primera vez aquel cándido y confiado corazón. «No me ama tanto como yo le amo —se atrevió Carlota a confesarse a sí misma—. Alguna cosa le aflige que no se atreve a confiarme».
—¡Enrique tiene secretos para mí! ¡Para mí, que le he entregado mi alma toda entera! ¡Para mí que seré en breve su esposa!
Trataba en vano de adivinar la causa secreta de las cavilaciones de Enrique y preguntábasela a su propio corazón. ¡Ah! ¿Cómo había de responderle aquel noble y desinteresado corazón? Carlota oyó decir a su padre que Otway se había sorprendido al saber el poco valor y escasos productos de las tierras que poseía en Cubitas; pero, ¿podía ella sospechar remotamente que aquel descubrimiento influyese en la tristeza y frialdad de su amante?… Si un desgraciado instinto se lo hubiese revelado Carlota no hubiera podido amar ya, pero acaso tampoco hubiera podido vivir.