Sab
Sab —Sab —respondió Teresa con voz trémula y asustada—, ¿qué quieres decir? Soy una desgraciada a quien debes compadecer.
—Y a la que quiero y puedo hacer dichosa —repuso con vivacidad su interlocutor—. ¡Yo os lo suplico por la memoria de vuestra madre, Teresa! Dignaos otorgarme lo que os pido. Mi vida, la vuestra acaso depende de esta condescendencia.
—¡A las doce! ¡Sola! ¡Tan distante! —observó en voz baja la doncella.
—¡Y qué! ¿Tendréis miedo del pobre mulato, a quien creisteis digno de recibir de vos el retrato de Carlota? ¿Me tendréis miedo, Teresa?
—No —respondió ella con voz más segura—: ¡Sab! Yo te lo prometo, acudiré a la cita.
—¡Bendita seas mujer! ¡Y bien! A las doce, a orillas del rÃo, a espaldas de los cañaverales del Sur.
—Allà me hallarás.
—¿Lo juras, Teresa?
—¡Lo juro!