Sab

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A este diálogo habido en las tinieblas sucedió en la sala un silencio profundo, y cuando tres minutos después salió don Carlos de su escritorio llamando a Sab, para entregarle las cartas que debía llevar a la ciudad, encontró a Teresa en la misma butaca en la que la había visto al dejar la sala, y al parecer profundamente dormida. A las voces del señor de B… y al ruido de la puerta del cuarto de Carlota, que se abrió casi al mismo tiempo, despertó de su sueño, y oyó esperezándose la dulce voz de su amiga que la decía abrazándola:

—Teresa mía, perdona el que te haya dejado sola por tanto tiempo. ¡Tenía tanto que escribir! —Y al momento, como si se arrepintiese de ser poco sincera con su amiga, añadió más bajo—: ¡Tenía tanta necesidad de estar sola!

Teresa sin prestar atención a esta excusa miró alrededor de sí, como si después de un tan largo sueño apenas recordase el sitio en que se hallaba.

—¿Qué hora es? —preguntó seguidamente.

—Mira el reloj —respondió Carlota—, son las diez dadas y creo justo nos recojamos, tanto más cuanto me parece estás muy dispuesta a volver a dormirte. Pero he aquí a Sab que recibe órdenes y cartas; voy a darle dos cartas que he escrito para nuestras amigas. ¿No tienes tú nada que encargar a Puerto Príncipe?


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