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—Nada —contestó Teresa, levantándose y dirigiéndose hacia el dormitorio, al cual la siguió Carlota después de poner en manos del mulato sus dos cartas, y de recibir un beso y una bendición de su padre.

—Te habrás fastidiado mucho, mi buena Teresa —dijo cariñosamente a su compañera, después de cerrar la puerta y mientras se desnudaba para acostarse—: ¡tan sola como estabas!, ¿qué has hecho?

—Dormir, ya lo has visto —respondió Teresa, que ya estaba en la cama y al parecer muy próxima a volver a dormirse.

—He sentido mucho dejarte sola —repuso Carlota—: pero mira, ¡tenía tanta necesidad de soledad y silencio! ¡Estaba tan triste!, ¡tan agitada!

—Estabas triste, ¿qué tenías pues? —dijo Teresa incorporándose un poco en la almohada.

—Tenía… ¿qué se yo? ¡una opresión de corazón!… necesitaba llorar, lloré mucho y ya me siento aliviada.

—¿Has llorado? —repitió Teresa alargándola una mano, con más ternura en su voz y en sus miradas que la que Carlota estaba acostumbrada a ver en ella.


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