Sab
Sab —¿Me adulas, Teresa? —preguntó Carlota, que a las primeras palabras de su amiga habÃa levantado su linda cabeza, enjugando sus lágrimas y conteniendo sus sollozos, para oÃrla mejor.
—No ciertamente, eres amada y mereces serlo. ¿Por qué interpretas en tu daño lo que puede ser, y es indudablemente, efecto de ese mismo amor del cual dudas? ¿Es acaso extraño que Enrique esté triste y de mal humor, cuando acostumbrado a verte diariamente por espacio de tres meses, y con la esperanza de verte en breve sin cesar, se halla sin embargo al presente forzado por enojosos asuntos de comercio, a dejarte con frecuencia y a pasar semanas enteras lejos de ti? Esa frialdad de que te quejas es una aprensión tuya, y además, ¿quieres que un hombre abrumado de negocios esté tan entregado como tú a su ternura? ¿Quieres que no haga otra cosa que suspirar de amor a tus pies? ¡Oh! Eres injusta, no lo dudes, Carlota: Enrique no merece las sospechas de tu suspicaz ternura.