Sab

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—Pobre Sab —dijo ella desviándose involuntariamente—: cálmate en nombre del cielo; no están en tu juicio cuando crees…

—Escuchadme, —interrumpió con viveza Sab, sin darla tiempo de concluir la frase que había comenzado—. ¡Escuchadme! Aquí en presencia del cielo y de esta magnífica naturaleza, voy a descubriros mi corazón todo entero. Una sola cosa exijo de vos: prometedme que no saldrá de vuestros labios una sola palabra de cuantas esta noche me escucharéis.

—¡Te lo prometo, Teresa! —prosiguió él, sentándose a sus pies—: vos sabéis que este desventurado se atreve a amar a aquella cuya huella no es digno de besar, pero lo que no podéis saber es cuán inmensa, cuán pura es esta pasión insensata. ¡Dios mismo no desdeñaría un culto semejante!

—Yo he mecido la cuna de Carlota: sobre mis rodillas aprendió a pronunciar «te amo» y a mí dirigieron por primera vez sus angélicos labios esta divina palabra. Vos lo sabéis Teresa; junto a ella he pasado los días de mi niñez y los primeros de mi juventud: dichoso con verla, con oírla, con adorarla, no pensaba en mi esclavitud y en mi oprobio, y me consideraba superior a un monarca cuando ella me decía: «te amo».

El mulato, cuya voz fue sofocada por la conmoción, guardó un instante de silencio y Teresa le dijo:


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