Sab
Sab »—¡Oh tú, —decÃa ella— tú, que has dicho: venid a mà todos los que estéis fatigados y yo os aliviaré!; recibe mi alma que se dirige a ti, para que la descargues del dolor que la oprime.
»Yo unà mis preces a las suyas, Teresa, y en lo Ãntimo de mi corazón repetà con ella: Recibe mi alma que se dirige a ti. Yo creÃa sin duda que ambos Ãbamos a morir en aquel momento y a presentarnos juntos ante el Dios de amor y de misericordia. Un sentimiento confuso de felicidad vaga, indefinible, celestial, llenó mi alma, elevándola a un éxtasis sublime de amor divino y de amor humano; a un éxtasis inexplicable en el que Dios y Carlota se confundÃan en mi alma.
»Sacome de él el ruido estrepitoso de un cerrojo: busqué a Carlota y ya no la vi: la ventana estaba cerrada, y el cielo y el ángel habÃan desaparecido. ¡Volvà a encontrar solamente al miserable esclavo, apretando contra la tierra un corazón abrasado de amor, celos y desesperación!».