Sab
Sab —Creo —respondió— que Enrique está arrepentido del compromiso que lo liga a una mujer que no es ya más que un partido adocenado. Creo que el padre no consentirá gustoso en esa unión, sobre todo si se presenta a su hijo una boda más ventajosa, y creo, Teresa, que vos sois ese partido que el joven y el viejo aceptarán sin vacilar.
Teresa creyó que soñaba.
—«¡Yo!», —repitió por tres veces.
—Vos misma —respondió el mulato—. Jorge Otway preferirá una dote en dinero contante (yo mismo se lo he oÃdo decir), a todas las tierras que puede llevar a su hijo la señorita de B…, y vos podéis ofrecer a Enrique con vuestra mano una dote de cuarenta mil duros en onzas de oro.
—¡Sab! —exclamó con amargura la doncella—, no te está bien ciertamente burlarte de una infeliz que te ha compadecido, llorando tus desgracias, aunque no llora las suyas.