Sab
Sab —¡No la ama!, ¿y por qué pues ha solicitado su mano?
—Porque entonces la señorita de B… era rica —respondió el mulato con acento de Ãntima convicción—; porque todavÃa no habÃa perdido su padre el pleito que le despoja de una gran parte de su fortuna; porque aún no habÃa sido desheredada por su tÃo; ¿me entendéis ahora, Teresa?
—Te entiendo —dijo ella—, y lo creo injusto.
—No —repuso Sab—, no escucho ni a mis celos ni a mi aborrecimiento al juzgar a ese extranjero. Yo he sido la sombra que por espacio de muchos dÃas ha seguido constantemente sus pasos; yo el que ha estudiado a todas horas su conducta, sus miradas, sus pensamientos…, yo quien ha sorprendido las palabras que se le escapaban cuando se creÃa solo y aun las que proferÃa en sus ensueños, cuando dormÃa: yo quien ha ganado a sus esclavos para saber de ellos las conversaciones que se suscitaban entre padre e hijo, conversaciones que rara vez se escapan a un doméstico interior, cuando quiere oÃrlas. ¡No era preciso tanto, sin embargo! Desde la primera vez que examiné a ese extranjero, conocà que el alma que se encerraba en tan hermoso cuerpo era huésped mezquino de un soberbio alojamiento.
—Sab —dijo Teresa—, me dejas atónita: luego tú crees…
El mulato no la dejó concluir: