Sab
Sab »No volvà a la ciudad hasta el mes anterior al pasado. HacÃa ya cerca de dos que estaba decidido el casamiento de Carlota, pero nada se me dijo de él y no habiendo estado sino tres dÃas en la ciudad, siempre ocupado en asuntos de mi amo, no vi nunca a Otway y volvà a Bellavista sin sospechar que se preparaba la señorita de B… a un lazo indisoluble. Ni mi amo, ni Belén, ni vos, señora…, nadie me dijo que Carlota serÃa en breve la esposa de un extranjero. ¡El destino quiso que recibiese el golpe de la mano aborrecida!
Sab recibió entonces su primer encuentro con Enrique y, como si fuese de un peso mayor que todos sus otros dolores, quedó después de dicha relación sumido en un profundo abatimiento.
—Sab —dÃjole Teresa con acento conmovido—, yo te compadezco, tú lo conoces, pero, ¡ah!, ¿qué puedo hacer por ti?…
—Mucho —respondió levantando su frente, animada súbitamente de una expresión enérgica—; mucho, Teresa: vos podéis impedir que caiga Carlota en los brazos de un inglés, y supuesto que vos le amáis, sed su esposa.
—¡Yo!, ¿qué estáis diciendo, pobre joven?, ¡yo puedo ser esposa del amante de Carlota!
—¡Su amante! —repitió él con sardónica sonrisa—; os engañáis, señora, Enrique Otway no ama a Carlota.