Sab
Sab —Perdonadme, Teresa —la dijo—, ¡ya lo sé!… nunca compraréis con oro un corazón envilecido, ni legaréis la posesión del vuestro a un hombre mezquino. Enrique es tan indigno de vos como de ella; ¡lo conozco! Pero, Teresa, vos podéis aparentar algunos dÃas que os halláis dispuesta a otorgarle vuestro dote y vuestra mano, y cuando vencido por el atractivo del oro, que es su Dios, caiga el miserable a vuestros pies, cuando conozca Carlota la bajeza del hombre a quien ha entregado su alma, entonces abrúmenle vuestros desprecios y los suyos, entonces alejad de vosotras a ese hombre indigno de miraros. ¿ConsentÃs Teresa? ¡Yo os lo pido de rodillas, en nombre de vuestra amiga, de la hija de vuestros bienhechores…, de esa Carlota fascinada que merece vuestra compasión! No consistáis en que caiga en los brazos de un miserable ese ángel de inocencia y de ternura…, no lo consistáis, Teresa.