Sab

Sab

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—En este corazón alimentado de amargura por tantos años —respondió ella— no se ha sofocado, sin embargo, el sentimiento sagrado de la gratitud: no, Sab, no he olvidado a la angélica mujer que protegió a la desvalida huérfana, ni soy ingrata a las bondades de mi digno bienhechor, que es padre de Carlota. De Carlota, a quien yo he envidiado en la amargura de mi corazón, pero cuya felicidad que me hace padecer, sería un deber mío comprar a costa de mi sangre. Pero ¡ay!…, ¿es la felicidad lo que quieres darla?…, ¡triste felicidad la que se funde sobre las ruinas de todas las ilusiones! Tú te engañas, pobre joven, o yo conozco mejor que tú el alma de Carlota. Aquella alma tierna y apasionada se ha entregado toda entera: su amor es su existencia, quitarle el uno es quitarle la otra. Enrique vil, interesado, no sería ya, es verdad, el ídolo de un corazón tan puro y tan generoso: ¿pero cómo arrancar ese ídolo indigno sin despedazar aquel noble corazón?

Sab cayó a sus pies como herido de un rayo.

—¡Pues qué! —gritó con voz ahogada—; ¿ama tanto Carlota a ese hombre?



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